Ella salió de casa el sábado a medianoche cual cenicienta a la inversa. Llevaba puesto su vestido rojo preferido y su pañuelo negro largo que tanto le gustaba. Esa noche quería pasarlo bien, reir y bailar con sus amigos, tomar unas copas, quizás conocer a alguien interesante. Salir un poco de la monotonía continua que últimamente le venía pareciendo su existencia. Monotonía por la cual cada día se sentía más extraña y no sabía que hacer al respecto.
Se reunió con sus amigos en su bar de siempre, todo el mundo se conocía, los chupitos se deslizaban por la barra directo a su destinatario. Un trago, una mala cara, unos bailes, vamos a salir de aquí, vamos a otro sitio. Cuando salieron todos iban mucho más animados, las caras sonrientes y animosas. Entraron en una discoteca y siguieron bailando, haciendo el tonto entre ellos. A menudo le parecía que el mundo de la noche era una enorme falacia llena de rostros sonrientes pero falsos y eso a veces le hacía dudar de que hacía allí en ese momento. Pero esa noche estaba contenta, disfrutando con sus amigos. Se le acercó un chico, ella lo apartó cuidadosamente, no estaba esa noche como para interactuar con hombres que no querían más que un revolcón con ella. El chico se fue pero decidió probar qué tal si endulzaba la copa de ella con unos polvos mágicos que le habían recomendado sus amigos por ser capaces de separarte el cuerpo de la cabeza, de hacerte huir de la realidad de la manera más rápida y satisfactoria. Ella no se dio cuenta de nada, siguió bailando hasta que se empezó a encontrar mal, todo se fue difuminando poco a poco, dejó a sus amigos y se fue al baño directa a vomitar la mierda que le estaba invadiendo por dentro. Demasiado tarde como para expulsarlo, la princesa del vestido rojo decidió cerrar los ojos en el baño y sentarse en la taza del wáter, más bien no le quedó más remedio, ya que no podía controlar su cuerpo, no podía moverse, hablar, ni siquiera centrar bien la mirada en un punto fijo. Se despertó una hora más tarde en una postura imposible. Un segurata de dos metros y medio por lo menos la observaba mientras le incitaba a abandonar el local. Hemos cerrado, lo siento bonita pero te tienes que ir. Lo que no sabía el segurata de dos metros y medio es que la princesa del vestido rojo apenas se podía mover y no hablemos de caminar. No le quedó más remedio ante la insistencia del armario empotrado de arrastrarse como buenamente pudo hasta la salida del local. Una luz cegadora le dio de lleno en la cara cuando consiguió abrir la puerta de salida. Remolinos de gente se movían a su alrededor, un zumbido ensordecedor de millones de conversaciones se entremezclaban en su cabeza. Decidió salir de allí lo más rápido posible y encontrar un lugar donde descansar, pararse e intentar recuperar la visión normal porque no era doble visión lo que ella tenía, sino que cada figura que veía se multiplicaba por diez.
Llegó a una calle que le pareció el paraíso en la tierra. Silencio, bendito silencio. No pasaba gente, nadie que la pudiera molestar como el segurata de dos metros y medio. Su frágil figura cayó enmedio de la acera, el viaje le había resultado agotador, el peso de su cuerpo le parecía insoportable. Se encogió sobre sí misma y empezó a vomitarlo todo, esta vez de verdad. Le pareció escuchar voces de gente a su alrededor preguntándole si se encontraba bien pero la droga la había separado de su cuerpo de tal manera que no tenía control ninguno sobre sus acciones. Vomitaba por inercia porque era lo único que podía hacer. De repente sintió la presencia de alguien a su lado. Un príncipe de camisa oscura se acercó a ella y le preguntó que le pasaba, le sujetó la cabeza mientras vomitaba, le dijo que se tranquilizara, que vomitara todo lo que pudiera y le prometió que todo iba a salir bien. Ella no le creyó porque nada estaba saliendo bien, ni siquiera podía contestarle pero no le apartó de su lado porque no podía hacerlo. Él príncipe de camisa oscura la levantó del suelo, la agarró de la cintura y la metió en su carroza oscura. Ella no quería entrar pero obviamente no tenía fuerza para oponer resistencia. Él le dijo que la llevaría a casa, le puso el cinturón y arrancó el motor. Ella balbuceó donde vivía aunque sólo quería abrir la puerta y saltar del coche pero su cuerpo no respondía ni un ápice a lo que su mente deseaba.
No sabe cuanto tiempo pasó la princesa del vestido rojo en aquel coche. No sabe si estuvo consciente o inconsciente durante el trayecto. Lo único que recuerda es que miró al príncipe de la camisa oscura y de repente no vio a un príncipe, su mirada se había transfigurado, reflejaba una chispa de locura que sólo muestran algunas personas cuando van a hacer algo malo, algo malo que implica hacer daño a otra persona. La princesa del vestido rojo le ordenó que parase el coche, no recuerda si él paró o ella directamente saltó del coche. Del impulso cayó al suelo, se levantó como pudo, reconoció la calle donde estaba y fue corriendo a casa derrotada por lo que acababa de pasar, más bien por lo que había estado a punto de pasar. Por un momento, el príncipe oscuro había sido dueño de ella, podía haberle hecho lo que hubiera querido, había estado completamente a su merced. Había reaccionado como un animal, por puro instinto, aquí hay peligro, corre y no mires atrás.
Volvió dando tumbos a casa por las calles de la ciudad que daban la bienvenida a un nuevo día. Pero para ella era el final de una noche demasiado larga, de una noche llena de acontecimientos que no podía asimilar, básicamente porque de la mayoría no estaba bien segura de cómo habían pasado.
Su cerebro seguía separado de su cuerpo pero podía caminar, bueno, podía tambalearse y llegó a casa y se tumbó en su cama. Cuando se despertó apenas podía recordar nada. Sólo breves imágenes que le evocaban recuerdos que no quería recordar. Sólo después supo que sus amigos no la habían rescatado porque se encontraban en el mismo estado que ella, sólo que cada uno estaba en un escenario distinto y, por lo tanto, a cada uno le pasó una cosa diferente.
Y desde entonces, la princesa del vestido rojo se siente apenada, vacía y triste. No sabe por qué pasan estas cosas, por qué el ser humano a veces puede llegar a ser tan despreciable y no puede evitar no dejar de pensar en lo que hubiera pasado si su instinto animal no hubiera saltado en el momento oportuno, en que hubiera pasado si el príncipe oscuro no hubiera ido hacia a su barrio y hubiera conducido hacia cualquier otro sitio.
Y sonríe sin ganas y dice que no le pasa nada y que todo está bien.
